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lunes, 21 de diciembre de 2009

Fueron seis meses de terror. Ahora espero tranquila. Sostengo la piedra en una mano y en la otra el teléfono. - ¿Sola chiquita?- ¿Qué se cree? No soy chiquita. Tengo mas de veinticinco. No estaré sola. Alicia está por llegar. No preguntó más. Sólo se sentó. Pidió un whisky al mesero. Conversó como si nada. Diez minutos después salíamos con rumbo desconocido en su deportivo. Hablaba constantemente. Me sorprendió. Sabía todo de mí. No pregunté. En el primer semáforo me compró unas rosas, mis favoritas. Entramos al BabyO de Cuernavaca. Pidió unos Manhattans. Él hablaba. Yo escuchaba. Sus ojos negros me hipnotizaban. Olvidé a Alicia. Terminamos en el Hacienda Real junto a la carretera. Fue una noche frenética. Yo seguía sin pensar. Me dejó en mi departamento entrada la mañana. Tenía mi dirección.
La camisa ha cambiado de color. La mandíbula oscurecida por el vello sin recortar está irreconocible. Permanecerá callado. No más gritar a través de la puerta. - ¡Abre chiquita! Puedo entrar cuando yo quiera. Es inútil que cambies la cerradura. Lo sabes.–
-Me dejaste esperándote por horas - Al contrario Alicia, tú no acudiste al bar de siempre. – Amiga, enviaste un mensaje a mi celular. “Cambio de planes. Los Azulejos a las 10” – No sospeché de él en ese momento. Me llamaba a todas horas. Hasta de madrugada. Eso duró un mes. Después todo cambió. – ¡Cada día estás más gorda! ¡Ni maquillarte sabes! ¡Me das lástima! ¡Vives hasta que yo quiera! ¡No eres la primera! –
Recostado sobre su lado izquierdo se ve tan tranquilo. Le gustaban las sorpresas. Ese día no me buscó. Entré en mi departamento. Encendí la luz. Algo no andaba bien. El cenicero estaba roto. Corrí a mi recámara. Me paralicé ante lo que vi. La cama y las paredes estaban tapizadas con fotografías mías. Todas tomadas desde lejos en distintos lugares. Algunas de la boda de mi hermana tres años antes. En medio de todo este caos pintado un letrero “eres mía”. Sonó el teléfono. Reconocí de inmediato su voz. - ¿Te gustó chiquita mi regalo? Tus papás permanecerán en Europa por dos meses. Solo estoy yo para ti. –
Entré en pánico. Cambié la cerradura. Aún así entró. Nunca supe qué hacer con el mortero de Morelia. Grande y pesado quedó en la cocina. Escuché su carcajada burlona a mi espalda. Fuerte y sonora me erizó de terror. Todo se oscureció. Solo sentí la piedra áspera y fría en mi mano. Me aferré a ella. Necesité un golpe para derribarlo. No conté los que le asesté después. Le gustaban las sorpresas.

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