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lunes, 29 de junio de 2009

NOCHE DE DANZON


Noche de danzón en el Puerto de Progreso (lugar donde se conjugan la tradición y la música), sábado de luz, color, vestidos de domingo y zapatos recién boleados.

Ese día desde la mañana ya había yo elegido qué ropa iba a usar para ir a bailar a Progreso, con la misma ilusión que en mi adolescencia decidía la combinación perfecta de lo que me iba a poner para la fiesta en turno: Vestido ligero (el calor se había dejado sentir muy fuerte), uno de flores pequeñas multicolores que no había yo estrenado aún y zapatilla tipo sandalia combinada convenientemente al vestido. Carmen María y Daniel pasaron por mí y emprendimos el camino hacia el Puerto de Progreso.

Llegamos a buscar el Parque Morelos que es en donde se dan cita las parejas a bailar. Recorrimos la avenida principal y alguien nos informó en donde está ubicado el parque y nos dirigimos hacia ahí.

Desde el auto pude observar al grupo de personas que se movían al ritmo del danzón “Nereidas”. Suave…un paso adelante, otro paso a la derecha, uno más atrás y rematar con un pasito a la izquierda. Así… suavecito y repetir.

Decidimos bajar del auto y acercarnos al grupo que baila. El cielo era un enorme rostro obscuro tachonado de luces y una sonrisa que espía a los danzantes. Un lucero justo debajo de la gran sonrisa semejando un lunar brillante. Así acompaña en el baile del sábado a las parejas vestidas para la ocasión.

En los andadores del parque Morelos las mesas de plástico con manteles largos presentan grandes charolas de taquitos, panuchos y todo lo necesario para acompañarlos. Esa noche hay buena venta.

Los carritos con la venta de marquesitas (especie de crepa enrollada formando un gran taco crujiente relleno de cajeta, Nutela o de queso de bola), van dejando una estela de aroma dulce que invita a comerse una.

La explanada que en el día sirvió a los niños para jugar a la pelota o andar en los patines, ahora se viste de lentejuela, zapato de tacón y guayaberas recién planchadas.

Alrededor del grupo de baile se ubican sillas de aluminio y una que otra de plástico para que la concurrencia pueda tomar asiento y disfrutar mirando a las parejas bailar. De cuando en cuando los niños en los columpios y resbaladillas llaman mi atención con sus risas y gritos.

Con la mirada buscamos unas sillas donde podamos sentarnos, localizo unas del lado opuesto de donde estamos y nos dirigimos hacia allá, mientras las parejas cambian de ritmo y ahora es el turno del “Ruletero”, mambo que me recuerda a Resortes bailando con la orquesta de Dámaso Pérez Prado en sus buenos tiempos.

Fijo mi mirada en la pareja del señor que ha bailado el danzón sostenido parte en su bastón y parte en su pareja, ahora que cambia el ritmo la pareja se separa y continúan bailando animadamente. No hay impedimento para disfrutar del baile.

De pronto irrumpen unos chiquillos en la pista y sorteando a los danzantes corren tras una pelota, todo es diversión. Vuelve a cambiar el ritmo y ahora se escucha a la Sonora Dinamita con “Oye” y algunas parejas regresan a sus sillas para tomar un merecido descanso, puedo ver a una niña de unos 6 años seguir los pasos rítmicos que hace su mamá, pié izquierdo adelante, regresar, pié derecho atrás, y así siguiendo la música una vueltecita y continuar. Es notoria la seriedad con la que la chiquita sigue las instrucciones de su mamá y la cadencia que le imprime a sus pasos de baile.

El ambiente me hace recordar mi infancia en Poza Rica, Veracruz; los días domingo eran de acudir a la misa de 12 con el Padre Bogues, salir de la Iglesia y comprar tamarindos con chile y limón en el tendejón de la esquina y una rica y fresca horchata, comer en familia y por la tarde mis papás subían los triciclos y pelotas de los cuatro hijos a la camioneta para dirigirnos al parque de la Ciudad de Papantla en donde dábamos vueltas a toda velocidad (a la velocidad que nos permitían los triciclos) para después rematar con un buen chocolate espeso y el correspondiente pan sopeado con un sabor cuyo recuerdo permanece tan vívido como entonces.

La mayoría de las parejas que baila son personas adultas de entre 50 y 70 años y muchas de ellas demuestran sus habilidades para el baile y extrañamente cuando bailan no sonríen. Los saludos cruzan entre ellos, comentarios mientras da comienzo la siguiente pieza, las mujeres se refrescan con sus abanicos y los hombres muy apropiados con sus guayaberas impecables.

Ahora es el turno de escuchar a Celia Cruz quien hace levantar a toda la concurrencia para bailar “La Vida es una Canción”, nos incorporamos a bailar, le sigue el danzón “Nereidas” y puedo observar a un señor que ha bailado toda la noche, muy bien plantado, zapato bicolor y que demuestra una maestría en sus pasos de baile, ahora baila con una señora que le sigue maravillosamente los pasos, el danzón no cabe la menor duda es su fuerte.

Y así entre salsa, danzones y baladas el tiempo se desliza hasta llegar al final de la velada permitiendo a las parejas evocar recuerdos, platicar con los amigos o enseñar a los hijos a bailar.

Empiezan las parejas a retirarse poco a poco, la coordinadora del evento anuncia que no habrá baile el siguiente sábado por tener que acudir a un compromiso a la Ciudad de Querétaro, se escucha un murmullo que expresa desencanto y así se van acercando las personas a despedirse de ella. De entre tantas personas se acerca una señora bastante mayor del brazo de una joven (sospecho que es su nieta porque comparten rasgos muy similares) y después de darle las gracias a la coordinadora por la organización de los bailes del sábado y los maravillosos momentos que le ha regalado en los mismos, se despide diciéndole que no sabe si podrá acudir al baile el sábado que se reanudará el evento ya que no está segura de si estará viva para ese día puesto que no se ha sentido bien últimamente, los dolores en sus piernas se han agudizado y la opresión en el pecho no ha cedido.

La algarabía de los niños ya no se escucha y las personas que han estado vendiendo comida han ido retirando de las mesas los platos y los manteles, Carmen María, Daniel y yo también nos despedimos de la coordinadora y emprendemos el regreso hacia Mérida. La luna sigue en lo alto habiendo atestiguado un sábado más de baile en el Puerto de Progreso.

lunes, 22 de junio de 2009

Espera


Gota a gota la lluvia empapa las flores de azahar, la taza vacía sobre la mesa, la salita de estar en penumbras espera llenarse del sonido del tren, un tren inesperadamente vacío, cesa la lluvia y con la última gota la espera se agota.