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lunes, 21 de diciembre de 2009

EL DOBLÓN DE ORO

Confío en poder narrar lo que mi tata una vez me contó antes de morir. Estábamos en lo alto de la cañada un día, mi tata y yo, sentados como siempre en una piedra plana, su preferida. Desde ahí se divisaba todo el valle y como eran épocas de lluvia se veía verde como las enaguas de las mestizas allá en el pueblo.
Regresábamos de la siembra y hacía mucho rato que en silencio solo contemplábamos el horizonte sin hablar. Mi tata aprovechaba esos momentos para contarme sus historias de cuando la Revolución, de cómo había tenido que andar a salto de mata durante algún tiempo por estos rumbos y de cómo había decidido establecerse ahí cuando conoció a mi abuela, que por ese entonces era una chiquilla. Yo esperaba ansioso el momento en que iniciara su relato porque tenía una forma de contarlos que me dejaba fascinado.
Llegó al fin el momento, de entre su camisa sacó un envoltorio de cuero a medio curtir y me lo entregó diciendo –“Ahora es tiempo de que conozcas esta historia”- abrí con cuidado lo que me había dado y encontré una moneda de oro, muy pulido por el tiempo. Me quedé contemplando la moneda y me dijo –“Es un doblón de oro, si te fijas muchacho, vas a ver que dice 1798”-
Lo contemplé por largo rato y él se quedó callado esperando que la impresión surtiera efecto en mí. Luego comenzó:
“Estando yo chamaco, así como tú, me encontraba jugando en el aljibe, el Chucho había ladrado toda la tarde esperando que jugara yo con él, los canarios en sus jaulas cantaban y se revoloteaban sin parar y el viento suave que viene al caer la noche comenzaba a soplar. No sé por cuánto tiempo estuve así, levantando piedritas del camino y tirándolas por el canal para ver cómo salpicaba el agua. Había decidido que iba a tirar la última piedra y llevaría el agua a la casa que serviría para que mi madre cocinara, cuando una figura embozada, con una larga capa y sombrero de ala ancha se paró justo entre el sol que ya se ocultaba y yo. No podía ver su rostro pero si un espadín que le colgaba del cinto. Me llamó por mi nombre y me dijo que quería que le hiciera un favor. Tenía que acudir a la parte sur del cementerio y ahí vería una gran piedra, que escarbara profundo y encontraría unas bolsas llenas de doblones de oro que habían sido de él y que ahora quería que fueran mías. Que había una condición y era que tenía que mandarle a hacer unas misas para que su alma descansara. Dicho eso, dio la media vuelta y se fue. No tuve fuerzas para seguirlo ni para preguntarle nada, estuve así un rato y corrí hasta mi casa olvidando el cubo del agua en el aljibe.
Unos días después le pedí al Carmelo, mi amigo de siempre, que me acompañara a hacer la encomienda. Estuvimos dando vueltas por el cementerio hasta que encontramos una piedra grande como la que me dijo el señor. Nos aseguramos que no hubiera nadie por los alrededores y comenzamos a cavar. Después de unas horas de trabajo dimos con unas bolsas de cuero y temblando de cansancio y de emoción las abrimos. Con sorpresa encontramos muchas monedas de oro y comenzamos a sacarlas, casi habíamos terminado cuando un fuerte dolor me invadió la cabeza y todo se oscureció. Varias horas transcurrieron y cuando desperté no sabía que había pasado.. Esa moneda que sostienes en tu mano fue lo único que se me quedó, al Carmelo no se le volvió a ver por esos rumbos. Se dijo que estaba en la Capital y que había puesto un negocio”.
Cuando terminó su relato mi corazón latía fuertemente, apreté la moneda entre mis dedos y mis ojos se abrieron sorprendidos. Estiré mi mano para devolverle su tesoro y me pidió que lo conservara, que cuando pudiera, mandara hacer una misa para el descanso del alma de ese señor, porque él no había sido capaz de cumplir con su promesa.

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