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lunes, 21 de diciembre de 2009

LOS EFECTOS DEL CALOR

El calor en la habitación casi se podía cortar y hacer rebanadas de atmósfera caliente. Por tercera vez me tendí desnuda en la cama, me había levantado una vez más a dar un duchazo con agua fría para tratar de aminorar el calor. Boca arriba, cerré los ojos, sintiendo como el aire del ventilador, encendido a toda potencia, refrescaba un poco mi cuerpo húmedo, apenas si podía respirar. Comencé a sentir que mi rostro se humedecía de sudor, dejé que la sensación me invadiera, uno a uno los poros se abrían y mojaban mi cuerpo; lentamente toqué mi cara, esperando sentir lo húmedo del sudor y en lugar de eso toqué algo pegajoso que se quedaba adherido a mis dedos. Sonreí para mis adentros y pensé –“Citoplasma”. Pasó no se cuanto tiempo y nuevamente intenté llevar la mano a la frente, pero ahora solo pude escuchar un chapoteo en la cama; como pude, entre abrí los ojos, o lo que pensé que eran mis ojos y percibí que la cama estaba invadida de un líquido viscoso, en él flotaban diversos objetos que a primera vista y con el desconcierto no atiné a identificar. Con más calma me dispuse a entender qué era aquello que según yo me invadía. Con gran sorpresa me di cuenta que lo que en un principio había yo dicho para mis adentros “citoplasma”, ¡era en efecto una mezcla de agua y proteínas!, aquello que había sido la piel que cubriera mi cuerpo se había convertido en membrana, ahí donde había habido una cabeza, ahora era un gran núcleo con todo y cromosomas, dirigiendo al gran laboratorio citoplasmático.
Me encontraba haciendo este recuento cuando escuché a la perrita gruñendo y rascando con sus patitas la cama donde me encontraba, seguro se había dado cuenta de que algo pasaba. Sin pensarlo, lo que ahora constituía mi cuerpo se empezó a alargar como dos brazos largos que fueron cubriendo el cuerpo de Nata hasta atraparla y de inmediato varios lisosomas se apresuraron a degradar a la perrita. Cuando terminé de deglutirla y a punto de desechar los restos de la recién engullida perrita, el despertador sonó y en automático lo apagué. Con gran desconcierto porque volvía a tener manos y dedos, palpé mi cuerpo y en efecto todo estaba en su lugar, con gran alivio bajé los pies al piso para incorporarme, caminé unos pasos y hasta entonces pude sentir una bola de pelos entre los dedos de mis pies; regados por toda la habitación había puros pelos de la perrita.

EL DOBLÓN DE ORO

Confío en poder narrar lo que mi tata una vez me contó antes de morir. Estábamos en lo alto de la cañada un día, mi tata y yo, sentados como siempre en una piedra plana, su preferida. Desde ahí se divisaba todo el valle y como eran épocas de lluvia se veía verde como las enaguas de las mestizas allá en el pueblo.
Regresábamos de la siembra y hacía mucho rato que en silencio solo contemplábamos el horizonte sin hablar. Mi tata aprovechaba esos momentos para contarme sus historias de cuando la Revolución, de cómo había tenido que andar a salto de mata durante algún tiempo por estos rumbos y de cómo había decidido establecerse ahí cuando conoció a mi abuela, que por ese entonces era una chiquilla. Yo esperaba ansioso el momento en que iniciara su relato porque tenía una forma de contarlos que me dejaba fascinado.
Llegó al fin el momento, de entre su camisa sacó un envoltorio de cuero a medio curtir y me lo entregó diciendo –“Ahora es tiempo de que conozcas esta historia”- abrí con cuidado lo que me había dado y encontré una moneda de oro, muy pulido por el tiempo. Me quedé contemplando la moneda y me dijo –“Es un doblón de oro, si te fijas muchacho, vas a ver que dice 1798”-
Lo contemplé por largo rato y él se quedó callado esperando que la impresión surtiera efecto en mí. Luego comenzó:
“Estando yo chamaco, así como tú, me encontraba jugando en el aljibe, el Chucho había ladrado toda la tarde esperando que jugara yo con él, los canarios en sus jaulas cantaban y se revoloteaban sin parar y el viento suave que viene al caer la noche comenzaba a soplar. No sé por cuánto tiempo estuve así, levantando piedritas del camino y tirándolas por el canal para ver cómo salpicaba el agua. Había decidido que iba a tirar la última piedra y llevaría el agua a la casa que serviría para que mi madre cocinara, cuando una figura embozada, con una larga capa y sombrero de ala ancha se paró justo entre el sol que ya se ocultaba y yo. No podía ver su rostro pero si un espadín que le colgaba del cinto. Me llamó por mi nombre y me dijo que quería que le hiciera un favor. Tenía que acudir a la parte sur del cementerio y ahí vería una gran piedra, que escarbara profundo y encontraría unas bolsas llenas de doblones de oro que habían sido de él y que ahora quería que fueran mías. Que había una condición y era que tenía que mandarle a hacer unas misas para que su alma descansara. Dicho eso, dio la media vuelta y se fue. No tuve fuerzas para seguirlo ni para preguntarle nada, estuve así un rato y corrí hasta mi casa olvidando el cubo del agua en el aljibe.
Unos días después le pedí al Carmelo, mi amigo de siempre, que me acompañara a hacer la encomienda. Estuvimos dando vueltas por el cementerio hasta que encontramos una piedra grande como la que me dijo el señor. Nos aseguramos que no hubiera nadie por los alrededores y comenzamos a cavar. Después de unas horas de trabajo dimos con unas bolsas de cuero y temblando de cansancio y de emoción las abrimos. Con sorpresa encontramos muchas monedas de oro y comenzamos a sacarlas, casi habíamos terminado cuando un fuerte dolor me invadió la cabeza y todo se oscureció. Varias horas transcurrieron y cuando desperté no sabía que había pasado.. Esa moneda que sostienes en tu mano fue lo único que se me quedó, al Carmelo no se le volvió a ver por esos rumbos. Se dijo que estaba en la Capital y que había puesto un negocio”.
Cuando terminó su relato mi corazón latía fuertemente, apreté la moneda entre mis dedos y mis ojos se abrieron sorprendidos. Estiré mi mano para devolverle su tesoro y me pidió que lo conservara, que cuando pudiera, mandara hacer una misa para el descanso del alma de ese señor, porque él no había sido capaz de cumplir con su promesa.

DOS CORONAS

Nunca habíamos estado en este lugar, un escalofrío recorrió mi columna vertebral, desde el cuello hasta la rabadilla, casi no podía ver lo que ocurría a mi alrededor, adelanté mis brazos para tocar a mi compañera y con mis dedos apenas percibí las frías incrustaciones que tiempo atrás se había mandado hacer en su cuerpo. El ruido que había no me dejaba escuchar lo que Cybill me gritaba, teníamos que seguir avanzando a pesar de lo estrecho del lugar. Mentalmente seguía yo el plan que nos habíamos trazado antes de penetrar -en cuanto pongamos un pié en el sitio contamos veinte pasos de frente y doblamos hacia la izquierda, cueste lo que cueste continuamos treinta pasos más y llegamos al objetivo-.
Nos deslizamos hacia el interior, un par de “topos” se acercaron pero como no confiábamos en ellos como para pedir que nos ayudaran a llegar, nos desviamos para que no nos vieran y pudiéramos continuar hasta nuestro objetivo, el escalofrío que sentía en mi cuerpo aumentaba, comencé a pensar que no llegaría. Estábamos por abortar el plan cuando vinieron otros que simplemente pasaron como si conocieran el lugar como la palma de sus manos. Arrastrábamos ya los pies, el ruido era ensordecedor. La oscuridad no permitía ver más allá de nuestros brazos extendidos, el ambiente era denso, olores rancios junto con desinfectante barato llegaban a mi nariz provocándome el vómito, mi mente me jugaba tretas haciéndome creer que las luces de colores que empecé a ver a lo largo de una tarima era el lugar que andábamos buscando, en ese momento Cybill se volteó y pude distinguir una sonrisa que dejaba ver sus dientes amarillentos y con júbilo gritó: –Al fin llegamos-.
De inmediato nos acercamos y nos encontramos con una gran barra iluminada, a codazos nos hicimos sitio ante ella y como si nos hubiéramos puesto de acuerdo Cybill y yo gritamos al unísono –¡Dos Coronas bien frías!

UN DÍA COMO CUALQUIER OTRO

Ese día era como cualquier otro. Los niños despertaron muy temprano por la mañana. Julia encendió la pequeña estufa. Preparó huevos y tortillas para los cinco. José sacó el triciclo a la escarpa. Lo preparó con la banca para los tres niños. Los niños se lavaron los dientes en la palangana del patio. Subieron sus mochilas de la escuela al triciclo de José. José llevó a los niños a la escuela cercana a la casa. Julia limpió la vivienda de cartón y láminas, se arregló y salió a la tienda. Recorrió varias cuadras. Recordó pasar a recoger los disfraces de los niños con Doña Toña. Los niños saldrían en la pastorela navideña de la escuela. Doña Toña y Julia platicaron durante 40 minutos. Comentaron ampliamente el escándalo de la Lupe y Don Trino. Julia se despidió. Continuó caminando hacia el mercado. Entró un momento a la Iglesia. Dejó una veladora a San Judas Tadeo y rezó sus oraciones. Salió a la calle y recordó los cables de luz en la vivienda. El día anterior José había instalado nuevos cables, de más potencia. Llegó al mercado. La fruta había subido unos centavos desde la semana pasada, compró una pechuga de pollo y verduras. Se quejó de lo caro de todos los productos.
José dejó a los niños en la escuela. Se dirigió a casa del compadre Manuel. Hacía tiempo que le debía dinero. Era tiempo de cobrarle al compadre. José anduvo unos kilómetros hasta la casa de Manuel. Pensaba en su familia. Estaba satisfecho. Aún necesitaba hacerle a la casa muchos arreglos. Llegó a casa del compadre Manuel. Tocó la puerta. Salió la esposa de Manuel. El compadre estaba trabajando en Playa. Llegaría hasta la próxima semana. José se despidió. Triste emprendió el regreso a su casa. Tenía que juntar dinero pronto. Tenía que pagar su deuda a Elektra. Había comprado su aspiradora a plazos. Pedaleó hasta unas cuadras antes de su casa. Encontró a Julia en el camino. Vieron pasar un carro de bomberos. Corrieron las tres cuadras que faltaban para llegar a su casa. Llegaron. Su casa de cartón y lámina se consumía por el fuego. Los bomberos dictaminaron una falla en la conexión. Llegó gente del Municipio. Llegó gente del periódico. Se organizaron los vecinos para ayudarlos. José y su familia tienen que recomenzar. Ese día cambió su vida.
Fueron seis meses de terror. Ahora espero tranquila. Sostengo la piedra en una mano y en la otra el teléfono. - ¿Sola chiquita?- ¿Qué se cree? No soy chiquita. Tengo mas de veinticinco. No estaré sola. Alicia está por llegar. No preguntó más. Sólo se sentó. Pidió un whisky al mesero. Conversó como si nada. Diez minutos después salíamos con rumbo desconocido en su deportivo. Hablaba constantemente. Me sorprendió. Sabía todo de mí. No pregunté. En el primer semáforo me compró unas rosas, mis favoritas. Entramos al BabyO de Cuernavaca. Pidió unos Manhattans. Él hablaba. Yo escuchaba. Sus ojos negros me hipnotizaban. Olvidé a Alicia. Terminamos en el Hacienda Real junto a la carretera. Fue una noche frenética. Yo seguía sin pensar. Me dejó en mi departamento entrada la mañana. Tenía mi dirección.
La camisa ha cambiado de color. La mandíbula oscurecida por el vello sin recortar está irreconocible. Permanecerá callado. No más gritar a través de la puerta. - ¡Abre chiquita! Puedo entrar cuando yo quiera. Es inútil que cambies la cerradura. Lo sabes.–
-Me dejaste esperándote por horas - Al contrario Alicia, tú no acudiste al bar de siempre. – Amiga, enviaste un mensaje a mi celular. “Cambio de planes. Los Azulejos a las 10” – No sospeché de él en ese momento. Me llamaba a todas horas. Hasta de madrugada. Eso duró un mes. Después todo cambió. – ¡Cada día estás más gorda! ¡Ni maquillarte sabes! ¡Me das lástima! ¡Vives hasta que yo quiera! ¡No eres la primera! –
Recostado sobre su lado izquierdo se ve tan tranquilo. Le gustaban las sorpresas. Ese día no me buscó. Entré en mi departamento. Encendí la luz. Algo no andaba bien. El cenicero estaba roto. Corrí a mi recámara. Me paralicé ante lo que vi. La cama y las paredes estaban tapizadas con fotografías mías. Todas tomadas desde lejos en distintos lugares. Algunas de la boda de mi hermana tres años antes. En medio de todo este caos pintado un letrero “eres mía”. Sonó el teléfono. Reconocí de inmediato su voz. - ¿Te gustó chiquita mi regalo? Tus papás permanecerán en Europa por dos meses. Solo estoy yo para ti. –
Entré en pánico. Cambié la cerradura. Aún así entró. Nunca supe qué hacer con el mortero de Morelia. Grande y pesado quedó en la cocina. Escuché su carcajada burlona a mi espalda. Fuerte y sonora me erizó de terror. Todo se oscureció. Solo sentí la piedra áspera y fría en mi mano. Me aferré a ella. Necesité un golpe para derribarlo. No conté los que le asesté después. Le gustaban las sorpresas.