Nunca habíamos estado en este lugar, un escalofrío recorrió mi columna vertebral, desde el cuello hasta la rabadilla, casi no podía ver lo que ocurría a mi alrededor, adelanté mis brazos para tocar a mi compañera y con mis dedos apenas percibí las frías incrustaciones que tiempo atrás se había mandado hacer en su cuerpo. El ruido que había no me dejaba escuchar lo que Cybill me gritaba, teníamos que seguir avanzando a pesar de lo estrecho del lugar. Mentalmente seguía yo el plan que nos habíamos trazado antes de penetrar -en cuanto pongamos un pié en el sitio contamos veinte pasos de frente y doblamos hacia la izquierda, cueste lo que cueste continuamos treinta pasos más y llegamos al objetivo-.
Nos deslizamos hacia el interior, un par de “topos” se acercaron pero como no confiábamos en ellos como para pedir que nos ayudaran a llegar, nos desviamos para que no nos vieran y pudiéramos continuar hasta nuestro objetivo, el escalofrío que sentía en mi cuerpo aumentaba, comencé a pensar que no llegaría. Estábamos por abortar el plan cuando vinieron otros que simplemente pasaron como si conocieran el lugar como la palma de sus manos. Arrastrábamos ya los pies, el ruido era ensordecedor. La oscuridad no permitía ver más allá de nuestros brazos extendidos, el ambiente era denso, olores rancios junto con desinfectante barato llegaban a mi nariz provocándome el vómito, mi mente me jugaba tretas haciéndome creer que las luces de colores que empecé a ver a lo largo de una tarima era el lugar que andábamos buscando, en ese momento Cybill se volteó y pude distinguir una sonrisa que dejaba ver sus dientes amarillentos y con júbilo gritó: –Al fin llegamos-.
De inmediato nos acercamos y nos encontramos con una gran barra iluminada, a codazos nos hicimos sitio ante ella y como si nos hubiéramos puesto de acuerdo Cybill y yo gritamos al unísono –¡Dos Coronas bien frías!
Agradecimiento
Gracias a tí por pasar por aquí. Por existir.
Vistas de página en el último mes
lunes, 21 de diciembre de 2009
UN DÍA COMO CUALQUIER OTRO
Ese día era como cualquier otro. Los niños despertaron muy temprano por la mañana. Julia encendió la pequeña estufa. Preparó huevos y tortillas para los cinco. José sacó el triciclo a la escarpa. Lo preparó con la banca para los tres niños. Los niños se lavaron los dientes en la palangana del patio. Subieron sus mochilas de la escuela al triciclo de José. José llevó a los niños a la escuela cercana a la casa. Julia limpió la vivienda de cartón y láminas, se arregló y salió a la tienda. Recorrió varias cuadras. Recordó pasar a recoger los disfraces de los niños con Doña Toña. Los niños saldrían en la pastorela navideña de la escuela. Doña Toña y Julia platicaron durante 40 minutos. Comentaron ampliamente el escándalo de la Lupe y Don Trino. Julia se despidió. Continuó caminando hacia el mercado. Entró un momento a la Iglesia. Dejó una veladora a San Judas Tadeo y rezó sus oraciones. Salió a la calle y recordó los cables de luz en la vivienda. El día anterior José había instalado nuevos cables, de más potencia. Llegó al mercado. La fruta había subido unos centavos desde la semana pasada, compró una pechuga de pollo y verduras. Se quejó de lo caro de todos los productos.
José dejó a los niños en la escuela. Se dirigió a casa del compadre Manuel. Hacía tiempo que le debía dinero. Era tiempo de cobrarle al compadre. José anduvo unos kilómetros hasta la casa de Manuel. Pensaba en su familia. Estaba satisfecho. Aún necesitaba hacerle a la casa muchos arreglos. Llegó a casa del compadre Manuel. Tocó la puerta. Salió la esposa de Manuel. El compadre estaba trabajando en Playa. Llegaría hasta la próxima semana. José se despidió. Triste emprendió el regreso a su casa. Tenía que juntar dinero pronto. Tenía que pagar su deuda a Elektra. Había comprado su aspiradora a plazos. Pedaleó hasta unas cuadras antes de su casa. Encontró a Julia en el camino. Vieron pasar un carro de bomberos. Corrieron las tres cuadras que faltaban para llegar a su casa. Llegaron. Su casa de cartón y lámina se consumía por el fuego. Los bomberos dictaminaron una falla en la conexión. Llegó gente del Municipio. Llegó gente del periódico. Se organizaron los vecinos para ayudarlos. José y su familia tienen que recomenzar. Ese día cambió su vida.
José dejó a los niños en la escuela. Se dirigió a casa del compadre Manuel. Hacía tiempo que le debía dinero. Era tiempo de cobrarle al compadre. José anduvo unos kilómetros hasta la casa de Manuel. Pensaba en su familia. Estaba satisfecho. Aún necesitaba hacerle a la casa muchos arreglos. Llegó a casa del compadre Manuel. Tocó la puerta. Salió la esposa de Manuel. El compadre estaba trabajando en Playa. Llegaría hasta la próxima semana. José se despidió. Triste emprendió el regreso a su casa. Tenía que juntar dinero pronto. Tenía que pagar su deuda a Elektra. Había comprado su aspiradora a plazos. Pedaleó hasta unas cuadras antes de su casa. Encontró a Julia en el camino. Vieron pasar un carro de bomberos. Corrieron las tres cuadras que faltaban para llegar a su casa. Llegaron. Su casa de cartón y lámina se consumía por el fuego. Los bomberos dictaminaron una falla en la conexión. Llegó gente del Municipio. Llegó gente del periódico. Se organizaron los vecinos para ayudarlos. José y su familia tienen que recomenzar. Ese día cambió su vida.
Fueron seis meses de terror. Ahora espero tranquila. Sostengo la piedra en una mano y en la otra el teléfono. - ¿Sola chiquita?- ¿Qué se cree? No soy chiquita. Tengo mas de veinticinco. No estaré sola. Alicia está por llegar. No preguntó más. Sólo se sentó. Pidió un whisky al mesero. Conversó como si nada. Diez minutos después salíamos con rumbo desconocido en su deportivo. Hablaba constantemente. Me sorprendió. Sabía todo de mí. No pregunté. En el primer semáforo me compró unas rosas, mis favoritas. Entramos al BabyO de Cuernavaca. Pidió unos Manhattans. Él hablaba. Yo escuchaba. Sus ojos negros me hipnotizaban. Olvidé a Alicia. Terminamos en el Hacienda Real junto a la carretera. Fue una noche frenética. Yo seguía sin pensar. Me dejó en mi departamento entrada la mañana. Tenía mi dirección.
La camisa ha cambiado de color. La mandíbula oscurecida por el vello sin recortar está irreconocible. Permanecerá callado. No más gritar a través de la puerta. - ¡Abre chiquita! Puedo entrar cuando yo quiera. Es inútil que cambies la cerradura. Lo sabes.–
-Me dejaste esperándote por horas - Al contrario Alicia, tú no acudiste al bar de siempre. – Amiga, enviaste un mensaje a mi celular. “Cambio de planes. Los Azulejos a las 10” – No sospeché de él en ese momento. Me llamaba a todas horas. Hasta de madrugada. Eso duró un mes. Después todo cambió. – ¡Cada día estás más gorda! ¡Ni maquillarte sabes! ¡Me das lástima! ¡Vives hasta que yo quiera! ¡No eres la primera! –
Recostado sobre su lado izquierdo se ve tan tranquilo. Le gustaban las sorpresas. Ese día no me buscó. Entré en mi departamento. Encendí la luz. Algo no andaba bien. El cenicero estaba roto. Corrí a mi recámara. Me paralicé ante lo que vi. La cama y las paredes estaban tapizadas con fotografías mías. Todas tomadas desde lejos en distintos lugares. Algunas de la boda de mi hermana tres años antes. En medio de todo este caos pintado un letrero “eres mía”. Sonó el teléfono. Reconocí de inmediato su voz. - ¿Te gustó chiquita mi regalo? Tus papás permanecerán en Europa por dos meses. Solo estoy yo para ti. –
Entré en pánico. Cambié la cerradura. Aún así entró. Nunca supe qué hacer con el mortero de Morelia. Grande y pesado quedó en la cocina. Escuché su carcajada burlona a mi espalda. Fuerte y sonora me erizó de terror. Todo se oscureció. Solo sentí la piedra áspera y fría en mi mano. Me aferré a ella. Necesité un golpe para derribarlo. No conté los que le asesté después. Le gustaban las sorpresas.
La camisa ha cambiado de color. La mandíbula oscurecida por el vello sin recortar está irreconocible. Permanecerá callado. No más gritar a través de la puerta. - ¡Abre chiquita! Puedo entrar cuando yo quiera. Es inútil que cambies la cerradura. Lo sabes.–
-Me dejaste esperándote por horas - Al contrario Alicia, tú no acudiste al bar de siempre. – Amiga, enviaste un mensaje a mi celular. “Cambio de planes. Los Azulejos a las 10” – No sospeché de él en ese momento. Me llamaba a todas horas. Hasta de madrugada. Eso duró un mes. Después todo cambió. – ¡Cada día estás más gorda! ¡Ni maquillarte sabes! ¡Me das lástima! ¡Vives hasta que yo quiera! ¡No eres la primera! –
Recostado sobre su lado izquierdo se ve tan tranquilo. Le gustaban las sorpresas. Ese día no me buscó. Entré en mi departamento. Encendí la luz. Algo no andaba bien. El cenicero estaba roto. Corrí a mi recámara. Me paralicé ante lo que vi. La cama y las paredes estaban tapizadas con fotografías mías. Todas tomadas desde lejos en distintos lugares. Algunas de la boda de mi hermana tres años antes. En medio de todo este caos pintado un letrero “eres mía”. Sonó el teléfono. Reconocí de inmediato su voz. - ¿Te gustó chiquita mi regalo? Tus papás permanecerán en Europa por dos meses. Solo estoy yo para ti. –
Entré en pánico. Cambié la cerradura. Aún así entró. Nunca supe qué hacer con el mortero de Morelia. Grande y pesado quedó en la cocina. Escuché su carcajada burlona a mi espalda. Fuerte y sonora me erizó de terror. Todo se oscureció. Solo sentí la piedra áspera y fría en mi mano. Me aferré a ella. Necesité un golpe para derribarlo. No conté los que le asesté después. Le gustaban las sorpresas.
lunes, 29 de junio de 2009
NOCHE DE DANZON
Noche de danzón en el Puerto de Progreso (lugar donde se conjugan la tradición y la música), sábado de luz, color, vestidos de domingo y zapatos recién boleados.
Ese día desde la mañana ya había yo elegido qué ropa iba a usar para ir a bailar a Progreso, con la misma ilusión que en mi adolescencia decidía la combinación perfecta de lo que me iba a poner para la fiesta en turno: Vestido ligero (el calor se había dejado sentir muy fuerte), uno de flores pequeñas multicolores que no había yo estrenado aún y zapatilla tipo sandalia combinada convenientemente al vestido. Carmen María y Daniel pasaron por mí y emprendimos el camino hacia el Puerto de Progreso.
Llegamos a buscar el Parque Morelos que es en donde se dan cita las parejas a bailar. Recorrimos la avenida principal y alguien nos informó en donde está ubicado el parque y nos dirigimos hacia ahí.
Desde el auto pude observar al grupo de personas que se movían al ritmo del danzón “Nereidas”. Suave…un paso adelante, otro paso a la derecha, uno más atrás y rematar con un pasito a la izquierda. Así… suavecito y repetir.
Decidimos bajar del auto y acercarnos al grupo que baila. El cielo era un enorme rostro obscuro tachonado de luces y una sonrisa que espía a los danzantes. Un lucero justo debajo de la gran sonrisa semejando un lunar brillante. Así acompaña en el baile del sábado a las parejas vestidas para la ocasión.
En los andadores del parque Morelos las mesas de plástico con manteles largos presentan grandes charolas de taquitos, panuchos y todo lo necesario para acompañarlos. Esa noche hay buena venta.
Los carritos con la venta de marquesitas (especie de crepa enrollada formando un gran taco crujiente relleno de cajeta, Nutela o de queso de bola), van dejando una estela de aroma dulce que invita a comerse una.
La explanada que en el día sirvió a los niños para jugar a la pelota o andar en los patines, ahora se viste de lentejuela, zapato de tacón y guayaberas recién planchadas.
Alrededor del grupo de baile se ubican sillas de aluminio y una que otra de plástico para que la concurrencia pueda tomar asiento y disfrutar mirando a las parejas bailar. De cuando en cuando los niños en los columpios y resbaladillas llaman mi atención con sus risas y gritos.
Con la mirada buscamos unas sillas donde podamos sentarnos, localizo unas del lado opuesto de donde estamos y nos dirigimos hacia allá, mientras las parejas cambian de ritmo y ahora es el turno del “Ruletero”, mambo que me recuerda a Resortes bailando con la orquesta de Dámaso Pérez Prado en sus buenos tiempos.
Fijo mi mirada en la pareja del señor que ha bailado el danzón sostenido parte en su bastón y parte en su pareja, ahora que cambia el ritmo la pareja se separa y continúan bailando animadamente. No hay impedimento para disfrutar del baile.
De pronto irrumpen unos chiquillos en la pista y sorteando a los danzantes corren tras una pelota, todo es diversión. Vuelve a cambiar el ritmo y ahora se escucha a la Sonora Dinamita con “Oye” y algunas parejas regresan a sus sillas para tomar un merecido descanso, puedo ver a una niña de unos 6 años seguir los pasos rítmicos que hace su mamá, pié izquierdo adelante, regresar, pié derecho atrás, y así siguiendo la música una vueltecita y continuar. Es notoria la seriedad con la que la chiquita sigue las instrucciones de su mamá y la cadencia que le imprime a sus pasos de baile.
El ambiente me hace recordar mi infancia en Poza Rica, Veracruz; los días domingo eran de acudir a la misa de 12 con el Padre Bogues, salir de la Iglesia y comprar tamarindos con chile y limón en el tendejón de la esquina y una rica y fresca horchata, comer en familia y por la tarde mis papás subían los triciclos y pelotas de los cuatro hijos a la camioneta para dirigirnos al parque de la Ciudad de Papantla en donde dábamos vueltas a toda velocidad (a la velocidad que nos permitían los triciclos) para después rematar con un buen chocolate espeso y el correspondiente pan sopeado con un sabor cuyo recuerdo permanece tan vívido como entonces.
La mayoría de las parejas que baila son personas adultas de entre 50 y 70 años y muchas de ellas demuestran sus habilidades para el baile y extrañamente cuando bailan no sonríen. Los saludos cruzan entre ellos, comentarios mientras da comienzo la siguiente pieza, las mujeres se refrescan con sus abanicos y los hombres muy apropiados con sus guayaberas impecables.
Ahora es el turno de escuchar a Celia Cruz quien hace levantar a toda la concurrencia para bailar “La Vida es una Canción”, nos incorporamos a bailar, le sigue el danzón “Nereidas” y puedo observar a un señor que ha bailado toda la noche, muy bien plantado, zapato bicolor y que demuestra una maestría en sus pasos de baile, ahora baila con una señora que le sigue maravillosamente los pasos, el danzón no cabe la menor duda es su fuerte.
Y así entre salsa, danzones y baladas el tiempo se desliza hasta llegar al final de la velada permitiendo a las parejas evocar recuerdos, platicar con los amigos o enseñar a los hijos a bailar.
Empiezan las parejas a retirarse poco a poco, la coordinadora del evento anuncia que no habrá baile el siguiente sábado por tener que acudir a un compromiso a la Ciudad de Querétaro, se escucha un murmullo que expresa desencanto y así se van acercando las personas a despedirse de ella. De entre tantas personas se acerca una señora bastante mayor del brazo de una joven (sospecho que es su nieta porque comparten rasgos muy similares) y después de darle las gracias a la coordinadora por la organización de los bailes del sábado y los maravillosos momentos que le ha regalado en los mismos, se despide diciéndole que no sabe si podrá acudir al baile el sábado que se reanudará el evento ya que no está segura de si estará viva para ese día puesto que no se ha sentido bien últimamente, los dolores en sus piernas se han agudizado y la opresión en el pecho no ha cedido.
La algarabía de los niños ya no se escucha y las personas que han estado vendiendo comida han ido retirando de las mesas los platos y los manteles, Carmen María, Daniel y yo también nos despedimos de la coordinadora y emprendemos el regreso hacia Mérida. La luna sigue en lo alto habiendo atestiguado un sábado más de baile en el Puerto de Progreso.
lunes, 22 de junio de 2009
Espera
sábado, 18 de abril de 2009
HÁBITOS
Me declaro una criatura de hábitos, no puede faltar el medio vaso de agua tibia por las mañanas, dicen que limpia el organismo.
Sacar a pasear al perro durante media hora es lo siguiente, el baño al regresar es imprescindible.
Después de eso una buena taza de café y mi primer cigarro, con el que empiezo a inhalar bocanadas de vida que me ubican poco a poco en la realidad.
7:30 y mi bolso desgastado por el uso diario me abre paso entre la agresión e indiferencia de cuanto me encuentro a mi paso.
Me declaro una criatura de hábitos, porque es imprescindible que al oler las 8 campanadas se mezcle con el sabor de la llave en la puerta que me recuerda que nuevamente llego a mi comunión diaria con lo más selecto de las culturas y las épocas.
Comienza el deambular de escasos lectores entre estantes llenos de libros, de cuando en cuando, a pregunta expresa me dirijo al estante preciso provocando el encuentro entre el autor y la nueva posibilidad de conmover o al menos de ser escuchado de nuevo.
Mi caligrafía perfeccionada con los años da permiso a estos dos nuevos amigos de tener u
na semana para compartir ideas, conocerse o incluso hasta odiarse.
Me declaro una criatura de hábitos, 5:30 y empiezo a elegir quién me va a acompañar el resto de la tarde en mi café habitual.
6 pm y nuevamente el sonido de la cerradura se mezcla con la última campanada de la iglesia. El café me espera, soy libre.
Ocupo mi lugar en el sillón y solo espero que “Bataverde” me sirva el café bien cargado y mi croissant vegetariano, como siempre…
Aspiro el humo de mi cigarro y las páginas del libro se deslizan entre mis dedos. Devoro las primeras páginas y el estómago me reclama el croissant.
Busco a “Bataverde” con la mirada, incrédula de su olvido y allí está…..charlando con el culpable de que se haya roto mi rutina, me obliga a llamarlo y es entonces cuando reparo en sus ojos, no los de “Bataverde”, en los del otro, aquel que con una sonrisa divertida me mira y parece conocerme.
¿Cómo osa irrumpir de esa manera en mi rutina?
Y continúa sonriendo de esa forma, con tanto desenfado, así como si nada. El café y el croissant quedan en la mesa. Me levanto sin saber qué rumbo tomar, “Ojos” ha cambiado mi rutina y lo único que me dicta mi cabeza es huir.
Pago y salgo, apretando a Borges contra mi pecho, impidiendo que se me escape el corazón. Siento pasos y acelero un poco, siento, no, quiero sentir a “Ojos” tras de mí. Una mano rompe el aire y toca mi hombro, parece que Borges no será suficiente protección.
Suena el despertador a la hora de siempre, el olor a café me hace despertar. Esta mañana una flor sustituye al medio vaso de agua, me levanto a bañar, el paseo con el perro puede esperar.
El baño se resume en dos minutos alentada por volverlo a ver, segura que desde ahora mi rutina será sólo él.
Sacar a pasear al perro durante media hora es lo siguiente, el baño al regresar es imprescindible.
Después de eso una buena taza de café y mi primer cigarro, con el que empiezo a inhalar bocanadas de vida que me ubican poco a poco en la realidad.
7:30 y mi bolso desgastado por el uso diario me abre paso entre la agresión e indiferencia de cuanto me encuentro a mi paso.
Me declaro una criatura de hábitos, porque es imprescindible que al oler las 8 campanadas se mezcle con el sabor de la llave en la puerta que me recuerda que nuevamente llego a mi comunión diaria con lo más selecto de las culturas y las épocas.
Comienza el deambular de escasos lectores entre estantes llenos de libros, de cuando en cuando, a pregunta expresa me dirijo al estante preciso provocando el encuentro entre el autor y la nueva posibilidad de conmover o al menos de ser escuchado de nuevo.
Mi caligrafía perfeccionada con los años da permiso a estos dos nuevos amigos de tener u
na semana para compartir ideas, conocerse o incluso hasta odiarse.Me declaro una criatura de hábitos, 5:30 y empiezo a elegir quién me va a acompañar el resto de la tarde en mi café habitual.
6 pm y nuevamente el sonido de la cerradura se mezcla con la última campanada de la iglesia. El café me espera, soy libre.
Ocupo mi lugar en el sillón y solo espero que “Bataverde” me sirva el café bien cargado y mi croissant vegetariano, como siempre…
Aspiro el humo de mi cigarro y las páginas del libro se deslizan entre mis dedos. Devoro las primeras páginas y el estómago me reclama el croissant.
Busco a “Bataverde” con la mirada, incrédula de su olvido y allí está…..charlando con el culpable de que se haya roto mi rutina, me obliga a llamarlo y es entonces cuando reparo en sus ojos, no los de “Bataverde”, en los del otro, aquel que con una sonrisa divertida me mira y parece conocerme.
¿Cómo osa irrumpir de esa manera en mi rutina?
Y continúa sonriendo de esa forma, con tanto desenfado, así como si nada. El café y el croissant quedan en la mesa. Me levanto sin saber qué rumbo tomar, “Ojos” ha cambiado mi rutina y lo único que me dicta mi cabeza es huir.
Pago y salgo, apretando a Borges contra mi pecho, impidiendo que se me escape el corazón. Siento pasos y acelero un poco, siento, no, quiero sentir a “Ojos” tras de mí. Una mano rompe el aire y toca mi hombro, parece que Borges no será suficiente protección.
Suena el despertador a la hora de siempre, el olor a café me hace despertar. Esta mañana una flor sustituye al medio vaso de agua, me levanto a bañar, el paseo con el perro puede esperar.
El baño se resume en dos minutos alentada por volverlo a ver, segura que desde ahora mi rutina será sólo él.
ME DECLARO UNA ADICTA

Me declaro una adicta a tu mirada,
esa mirada que cuando me ve
parece traspasar todo mi ser
y se fundiera con mi alma.
Me declaro una adicta a tu arruga,
a esa que se marca en tu entrecejo
y que te hace parecer un eterno pensador.
Me declaro una adicta, una adicta a esa zona
de tu cara entre el labio superior y la aleta de la nariz,
que cuando la acercas a la mía sin hablar
me provoca una descarga eléctrica que me traspasa
de la coronilla a la planta de los pies.
Me declaro una adicta, si, una adicta
a la forma de tus dedos, a tus manos
que parecen tener vida propia cuando recorren
mi cuerpo de norte a sur y de este a oeste.
Me declaro una adicta
a la textura suave de tus párpados, al olor de tus cabellos
recién lavados, a la línea que se dibuja desde tus hombros
hasta la nuca, tantas veces por mis labios recorrida.
A tu andar cansado cuando llegas por la tarde
y sin palabras me dices que me amas.
Me declaro una adicta a todo eso y más
y si por ser una adicta hay que pagar un precio
que sea con tus besos que pague tal precio.
esa mirada que cuando me ve
parece traspasar todo mi ser
y se fundiera con mi alma.
Me declaro una adicta a tu arruga,
a esa que se marca en tu entrecejo
y que te hace parecer un eterno pensador.
Me declaro una adicta, una adicta a esa zona
de tu cara entre el labio superior y la aleta de la nariz,
que cuando la acercas a la mía sin hablar
me provoca una descarga eléctrica que me traspasa
de la coronilla a la planta de los pies.
Me declaro una adicta, si, una adicta
a la forma de tus dedos, a tus manos
que parecen tener vida propia cuando recorren
mi cuerpo de norte a sur y de este a oeste.
Me declaro una adicta
a la textura suave de tus párpados, al olor de tus cabellos
recién lavados, a la línea que se dibuja desde tus hombros
hasta la nuca, tantas veces por mis labios recorrida.
A tu andar cansado cuando llegas por la tarde
y sin palabras me dices que me amas.
Me declaro una adicta a todo eso y más
y si por ser una adicta hay que pagar un precio
que sea con tus besos que pague tal precio.
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